Capítulo 4 - Cerbero

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4 - Cerbero

 

En el momento en que Ludovic entró al despacho del Círculo de Avistamientos una lluvia de miradas cayó sobre él. Otra persona ya habría cedido a la ansiedad regresando sobre sus pasos, pero Ludo no, ya estaba acostumbrado. La mayoría de quienes llevaban una gargantilla como la suya; un collar de obediencia, recibían miradas similares, aunque con él solía haber un extra de hostilidad.

“Aprópiate del insulto”, fue el consejo que recibió de su mentor Viktor hace décadas atrás. Recordarlo le provocaba fortaleza y nostalgia por igual, aquellos días le parecían lejanos.

Si la sola existencia de Ludo molestaba, lo menos que podía hacer era molestar más. Y eso, sin duda, se le daba jodidamente bien. Su aspecto ya de por sí incomodaba a algunos: cabello despeinado, música a todo volumen en sus auriculares, uniforme arrugado; limpio, eso sí, porque Ludo podía ser muchas cosas, pero alguien sucio jamás.

Había una considerable lista de cosas de Ludovic que irritaban al resto de La Cofradía: la falta descarada de disciplina, su carencia de habilidades sociales, su evidente atractivo físico contrastando con su actitud desaliñada. Caminaba entre las filas de escritorios con los tres primeros botones de su camisa sin abotonar y su corbata desanudada colgando de sus hombros. Su aspecto chocaba con la del resto del despacho: uniformes pulcros abotonados hasta el cuello, sacos bien puestos con el emblema del circulo bordado bajo la solapa izquierda: un catalejo dentro de un círculo, este símbolo no se veía en Ludo por ninguna parte pues aquella mañana decidió no usar su saco lo cual de seguro le acarrearía un regaño por parte de Micolash.

Dejó atrás los escritorios, no sin antes alcanzar a escuchar un “maldito perro impertinente” a pesar del volumen de sus audífonos. Tal como se lo dijo a Charlotte, sus oídos estaban en perfecto estado.

Tras cruzar el rellano, Ludo se topó con la asistente del maestre. Los pequeños ojos de Katerina lo escrutaron apenas se plantó frente a su escritorio. Katerina no pertenecía al círculo en realidad; sus funciones eran meramente administrativas, no era folklorista.

—Buen día, Kat —saludó Ludo de forma jovial, apoyando las manos en el escritorio y retirando sus audífonos. El susurro de unos acordes escapaba de ellos—. ¿Cómo está tu madre? ¿Qué tal su retiro?

Katerina desvió la mirada de la pantalla y dejó de teclear.

—Tiene cataratas —respondió seca.

Ludo sopló con incomodidad.

—Una pena. Recuerdo que tenía unos hermosos ojos castaños… ojos que por cierto heredaste, al igual que su antiguo puesto.

Katerina rozaba los cincuenta, aunque el estrés y algún que otro factor le sumaban años su rostro. Era de las pocas personas que de verdad tenía razones para salir del Claustro en sus días libres, pues vivía con su madre en la villa bajo la montaña.

La mujer se levantó arrastrando la silla con tal fuerza que casi la tira. Sostuvo el respaldo mientras mordía sus labios, dejando rastros de labial en sus dientes.

—Señor Valmont, si es tan amable de pasar, el maestre Waite y la señorita Pavlichenko ya lo están esperando.

Y así lo hizo, no sin antes inclinar la cabeza en un gesto de agradecimiento que fue ignorado.

—Es increíble que sigan sin amonestar a ese puto —alcanzó a oír antes de cerrar la puerta tras de sí.

Otro insulto más de la lista, aunque “perro” era el más común de oír. El de “puto” era un apodo más personal, solo de Ludovic.

Al cruzar lo primero que encontró fue el ceño fruncido de Charlotte. El espacio entre ellos era tan reducido que tuvo que recargarse contra la puerta después de cerrarla.

—Hola… —sonrió nervioso.

Charlz lo barrió con la mirada y entornó los ojos.

—Mínimo abotónate —lo regañó con decepción.

Con rapidez, Charlotte ajustó la camisa arrugada hasta el cuello, ignorando de forma olímpica los hoyuelos con que la recibía Ludo.

—Siempre tan atenta —dijo Ludo.

Su compañera tomó su corbata y la metió en uno de los bolsillos de su pantalón, antes de dar media vuelta y sentarse.

—Vienes a una reunión de trabajo y parece como si recién sales de la cama —dijo una voz grave desde el escritorio.

—Curioso —resopló Ludo con una sonrisa torcida—. Según tengo entendido la gente con trabajo formal tiene derecho a renunciar cuando quiera, lo cual yo no. Tampoco sabía que esto era una junta. Monad solo mencionó que me presentara aquí a las tres.

—Son las tres y media. Toma asiento, Ludovic.

Ludo se sentó junto a Charlotte quien jugueteaba con la liga de pelo que llevaba en su muñeca, la jalaba y soltaba contra su piel una y otra vez.

—Buenas tardes, Micolash —saludó Ludo, con falsa cortesía.

El maestre Micolash Waite era un hombre delgado, cincuentón, con rostro anguloso y gruesas cejas despeinadas que recordaban a las de los villanos de las viejas películas blanco y negro. Se le veía sentado tras un escritorio de caoba, en una silla de respaldo alto y tapiz oscuro. A diferencia de los miembros del círculo, el maestre no llevaba uniforme, sino una especie de versión moderna de ropaje medieval decorado con insignias.

—Los cité para discutir la información que tenemos hasta ahorita del caso de Zan Mar Tyn —dijo, inclinándose sobre su asiento.

Dos carpetas yacían sobre el escritorio. Charlotte tomó una y dio una rápida revisada antes de volver a dejarla.

—Es lo mismo que ya nos habían entregado —dijo con el ceño fruncido—. ¿Aún no está la información de la Torre?

—Los Videntes siguen dando información muy vaga —respondió Micolash.

—¿Vaga? —repitió Charlotte.

—¿La torre de los videntes está fallando? —preguntó Ludovic con ironía—. Eso sí que es nuevo.

—En los años que llevo como folklorista los videntes rara vez se equivocan, pero el sistema que utilizamos para recabar la información sí, a fin de cuentas son computadoras.

Se levantó de su asiento, dejando que la silla con ruedas se desplazara por el suelo, revelando así la gran placa de bronce que había estado oculta tras él. Se trataba del mismo escudo que llevaban los miembros bordados en sus sacos: un catalejo rodeado por un círculo. En la periferia se leía:

CÍRCULO DE AVISTAMIENTOS

A ambos lados de la placa, unas pesadas cortinas guindas cubrían un par de ventanas falsas, pues no había forma de que se viera algo a través de ellas ya que se encontraban bajo tierra. 

—Apenas termine con ustedes iré a una junta con NovaTec y el resto de maestres, no soy el único que se pregunta qué rayos está pasando con la torre.

—¿No se supone que ese es nuestro trabajo? —preguntó Ludo—. La razón por la que Charlz y yo iremos a este... —echó un vistazo a la carpeta— Zan Mar Tyn, a comprobar si hay presencia de folklore.

—La torre no puede determinar cuál de los dos pueblos en la zona está generando la alteración —explicó Micolash después de servirse un vaso de agua—. El caso fue armado con información local: noticieros, periódicos, rumores. Se trata de poblaciones aisladas, los únicos accesos son una carretera y una línea de tren eléctrico. La mayoría de los dedos apuntan a Zan Mar Tyn.

Charlotte repasaba los documentos.

—Aquí dice que se trató de un pueblo minero productor de plata. Un accidente en una mina arruinó la economía hace años hasta casi convertir el sitio en un pueblo fantasma, pero según reportes ha habido una afluencia de visitantes —comentó.

—El culto del ángel, leí sobre eso. Perdieron su fuente de ingreso y montaron una religión que atrajo el turismo, o eso parece —añadió Ludo.

Se recostó en la silla y subió los pies al escritorio mostrando unos tenis desgastados que usaba sin calcetines, Charlotte se los bajó de una patada.

Micolash rodeaba la oficina con calma.

—Aún falta algo que no incluí en los archivos—afirmó.

Sacó un control remoto y lo apuntó hacia una pantalla en la pared, al encenderse aparecieron una serie de fotografías.

—Preferí mostrarles esto en persona.

Ludo se levantó y se acercó al televisor.

—¿Esto no salió de un registro policial? —preguntó, al ver las imágenes de los cadáveres.

—Solo dos de esas víctimas están en archivos de la policía, pero sus muertes fueron clasificadas como “accidentales” —dijo haciendo comillas con sus dedos—. El resto de imágenes fueron compartidas por una logia de folkloristas de Aztlán que tiene alianzas con la cofradía.

Charlotte también se acercó.

—¿Qué hay con los disfraces? —preguntó Charlotte después de acercarse—. Digo, la conexión entre las víctimas es clara, pero… ¿por qué ángeles?

Micolash organizó las fotos mostrándolas todas en conjunto. Siete cuerpos. Cuatro hombres, tres mujeres. Sus expresiones parecían atrapadas entre el dolor y el éxtasis. Todos vestían telas traslúcidas que apenas cubrían sus cuerpos. Tenían alas de utilería y aureolas metálicas. Algunas de las alas estaban rotas y manchadas de suciedad que no solo se veía era sangre.

Lo que en realidad captaba la atención de Ludo y Charlotte era el líquido dorado que se veía escurrir de los ojos, oídos y nariz, como si oro líquido se hubiera reventado dentro de sus cuerpos.

—Los de Zan Mar Tyn tienen esta afición por vestir a jóvenes como ángeles, ¿el motivo?, eso también les corresponde averiguar. —dijo Micolash, volviendo a tomar asiento.

Charlotte hizo lo mismo, Ludo en cambio siguió observando la pantalla, sus cejas negras se habían fruncido en un par de gruesas líneas rectas.

—Cabe mencionar que son poblaciones muy conservadoras —comentó Micolash—, el culto del angel comenzó a surgir justo después del accidente en las minas, 

—La cofradía nunca a tenido registro de ángeles —mencionó Ludovic sin despegar sus ojos de la pantalla.

—Y hace décadas tampoco lo había de onirianos —aseguró Charlotte provocando que Ludo volteara por un momento.

—Apenas identifiquen el folklore, se les enviará lo necesario junto con el equipo de respuesta —agregó Micolash—. Pero recuerden, eviten enfrentamientos, eso es trabajo para el Círculo de Vanguardia y Pacificadores. ¿Entendido?

—Entendido —afirmó Charlotte.

Micolash miró a Ludo.

—¿Ludovic?

El maestre elevó la voz pero no fue suficiente para llamar su atención, Ludo siguió con su mirada perdida en las fotografías. Fue el carraspeo de Charlz lo que finalmente lo sacó de su trance.

—¿Hmm?

—No quiero otra situación como la de la corte de caínes —sentenció Micolash—. Aún no he terminado de lidiar con tus consecuencias.

«Sí, lo noté afuera, en los escritorios» pensó mientras sonreía mostrando sus hoyuelos.

—De no haber actuado lo que hice Castello seguiría allá afuera traficando con armas y jubilo.

—Debiste esperar a la Vanguardia —respondió Micolash con más volumen de voz.

—Hice mi deber.

—¡TÚ DEBER! —rugió Micolash, antes de tomar aire—, era constatar que hubiera una corte a bordo, no masacrarlos a todos.

Ludo se encogió de hombros, sirviéndose un vaso de agua.

—Detalles más, detalles menos. La mayoría de los vacacionistas salieron vivos y además tenemos nuevos reclutas —aseguró encogiéndose de hombros.

—Ese no es el punto, Ludovic —se quejó el maestre masajeandose las sienes.

—Me encargaré de vigilarlo —afirmó Charlotte poniéndose de pie—. Fue mi error haberle quitado su collar. Sé que no es excusa, pero yo también estaba desesperada, no sabía si saldríamos vivos de ahí. No volverá a pasar, maestre —concluyó haciendo una reverencia.

Se hizo silencio por unos segundos. Los dedos de Micolash tamborileaban sobre la mesa y el leve tintineo del collar de Ludo al ser golpeado por sus uñas era el único sonido dentro de la oficina. El collar de obediencia emitió un pitido indicando de nuevo que el tiempo de alimentación y chequeo medico de Ludovic estaba llegando a su fecha limite.

—Muy bien —dijo Micolash por fin—. Pueden retirarse. Monad les confirmará la hora de salida cuando los caminos estén listos.

Charlotte hizo otra reverencia, más marcada que la anterior. Ludovic, por su parte, se inclinó de forma teatral, como un artista sobre el escenario. Micolash ni se inmutó.

—Sí, sí, ya. Largo —dijo, agitándoles la mano.

Una vez fuera, el maestre apagó la pantalla. Se quedó contemplando el reflejo de su oficina, incapaz de evitar que su mente recordara los eventos del caso del crucero y la corte de caínes.

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