2 - Miguel
El crepitar de las piedras bajo la suela de mis viejos tenis se había convertido en el único sonido reconfortante en aquel extenso camino de tierra.
El cielo oscuro se abalanzaba sobre mí como una enorme lona plastificada que amenazaba con aplastarme. No podía ver la luna, ni una sola estrella, tan solo un horizonte lejano, sin fondo.
Resultaba difícil mantener la vista al frente. Sentía pánico ante la ridícula idea de que, si mis pisadas eran demasiado largas o descuidadas, perdería el piso y caería hasta perderme en el abismo sobre mí.
Con cada paso encrespaba los dedos dentro de mis tenis, como si eso me ayudara a mantenerme aferrado al suelo.
Paré un instante para recuperar el aliento y acompasar mi corazón, que sentía desbocado en la garganta. Mi andar era lento, aunque parecía como si hubiera corrido un maratón.
Confundido, miré el vaho que salía de mis labios.
«No tengo calor… tampoco frío», pensé.
Quedé embelesado por los destellos producidos en las minúsculas partículas de agua que escapaban entre el vapor de mi respiración. Destellos que no debería estar viendo.
Veía sin problemas a pesar de la escasa de luz. Era capaz de ver mis extremidades además del camino de piedras que se perdía en el horizonte.
«¿Cómo puedo ver si está todo tan oscuro?», me pregunté.
A mi alrededor solo veía una extensa llanura gris hasta donde alcanzaba mi vista.
Tomé una roca del suelo, la pasé entre mis dedos un par de veces hasta que se desmoronó. La piedra se convirtió en una fina arena que se escapó de mis dedos y se perdió entre la porosidad del suelo. La textura me recordó a la de la harina o la ceniza: demasiado fina y ligera como para ser tierra.
Me levanté y fijé de nuevo la vista en el horizonte.
«¿Dónde vergas estoy?» Miré a mis costados. «¿A dónde voy? ¿Esto tiene final?»
Con esas preguntas aun flotando en mi cabeza di media vuelta, con intensión de volver sobre mis pasos, pero me encontré con una oscuridad aún más densa y amenazante. Sentí mi corazón encabritarse al grado en el que podía oír mi pulso en mis tímpanos como un tambor dentro. Era como ver el interior de las fauces abierta de un monstruo sin forma, una oscuridad tan espesa que parecía brea… viva.
Retrocedí con torpeza y lo noté, un débil resplandor. Había un hilo brillante surgiendo de la oscuridad, serpenteaba sobre las piedras y subía hasta perderse en algún lugar tras mi cuello.
Me quedé helado, no por el frío, sino por lo absurdo de la situación. Lo percibía más no lo sentía, pues ni siquiera pesaba, pero ahí estaba, y solo hasta ese momento fue que me di cuenta.
Caí de espaldas ahogando un grito.
Moví con frenesí mis manos, intenté quitarme esa cosa, arrancarlo, lo que fuera. Mi primer pensamiento fue que se trataba de algún insecto raro, una serpiente, pero mis dedos no lograban aferrarse a nada, como si no existiera, aquel brillante cordón era como si solo estuviera hecho de luz platinada.
—¿Qué chingados es esto?
Mi voz apenas y salió en un suspiro, pero el eco rebotó como una fuerte respuesta, en un ruido profundo, como eco de una iglesia vacía.
Mi cabeza empezó a dar vueltas, las manos me temblaban, y por un segundo me sentí disociado, como si no estuviera ahí... del todo…
«¿Esto… es un sueño?»
No recordaba cómo había llegado a ese lugar, ni lo qué estaba haciendo antes.
«¡Despierta, despierta!» repetí mentalmente, apretando los ojos y golpeándome las sienes con los nudillos.
Un sonido lejano me sacó de ese bucle mental. Campanas. Eso significaba que estaba cerca de algún sitio.
Me levanté e intenté de encontrar el origen del ruido.
No tardé en divisar una luz titilante que apareció de la nada, en un punto distante del horizonte, justo al final del camino. Era un débil halo que me recordaba al amanecer, a los segundos previos, cuando escapan los primeros rayos del sol. Algo en mi interior me decía que lo que se encontraba al final de este camino no se trataba del sol. La luz apenas era visible y parecía moverse, como si caminara.
Entrecerré los ojos y forcé la vista. Casi podía estar seguro de que se alcanzaba ver una silueta. Apenas se distinguía pero se podía notar el leve vaivén de unas extremidades. Lo que suponía era una cabeza parecía brillar por sobre todo lo demás. ¿Su cabeza era el origen de la luz…?
El tañido de las campanas trajo arrastrando un recuerdo, el de una ocasión en la que visité una iglesia con mi mamá. Aquella vez estuve muy interesado en una escultura de cerámica, una que se hallaba rodeada de flores y veladoras, incluso mamá encendió una más, después de recitar una breve oración en la que alcancé a escuchar el nombre de mi padre.
Días antes mi papá había tenido un accidente en coche, estaba en el hospital a la espera de una cirugía pues había quedado con graves fracturas.
Como niño pequeño con hiperactividad sentía la necesidad de leer todo lo que encontraba en voz alta. Traté de leer la placa metálica gravada a los pies de la estatua pero por más que intentaba no lograba entender algunas palabras. Había desistido con el nombres y apellido, y solo trataba de pronunciar la frase que se hallaba debajo.
—Pat-paro-patro —sorbí los mocos que escurrían de mi nariz, con mas fuerza de la necesaria por no poder decir esa palabra.
Mamá se acercó junto a mi sonriendo al ver mi mohín.
—A ver, a ver, yo te ayudo —dijo tomandome de los hombros antes de que diera media vuelta—. ¿Qué dice ahí? Pa —esperó a que yo repitiera la silaba y continuó— tro-no, ¿qué sigue después?, esas palabras si las sabes.
—De los —dije yo.
—¿Y qué más?
Puse mi dedo indice en las palabras que seguían al final de la fría placa metálica.
—Huesos... —volví a sorber mi nariz— rotos.
Mamá sacó un paquetito de pañuelos desechables y me ayudó a limpiarme con ellos. Tardé unos segundos en que mi mente infantil conectara algunos cables mentales.
—¿Quién es ese señor? —pregunté—, ¿es Dios?
Mamá rió acomodándome la chaqueta.
—No, no es dios, pero es alguien que lo conoce y también puede ayudarnos, bueno, a papá. —volvió a tomar la veladora y la acomodó más pegada con el resto de las demás. Había algunas que ya estaban apagadas.
Levanté mi mirada hacia el rostro de la estatua pero no pude sostenerla más de unos cuantos segundos, me parecía raro el hecho de que alguien que mostraba un semblante de evidente dolor pudiera ayudar a que papá se sintiera mejor. Desde que entramos a esa zona de la iglesia había estado evitando ver directamente la estatua pues la postura que mantenía se me hacía muy extraña, torcida de forma anormal, solo verla me ponía nervioso. Lo único que parecía darle ese aspecto divino era la aureola dorada que le coronaba la cabeza.
—¿En serio ese señor puede ayudar a papá? —volví a preguntar.
La sonrisa de mamá volvió a extenderse. Desde que mamá recibió la llamada de teléfono avisándole del accidente de papá habían sido pocas las veces que no se le veía mortificada. Me agradaba verla sonreír, las luces de las velas la hacían ver más hermosa con ese tono dorado en su piel morena
—¿Quieres intentar leer el nombre? —me animó con voz suave, ignorando por completo mi pregunta—. Mira, intenta con este otro, es más fácil que el primero.
Coloqué el dedo indice sobre la placa como la vez anterior.
—K-Kos —dije arrastrando las letras—t-tka.
—Muy bien, Miguel —celebró con unos suaves aplausos—. Era una palabra difícil y lo hiciste muy bien. San Estanislao de Kostka —repitió al ultimo.
Mamá hizo que me pusiera mis guantes y me ajustó bien la bufanda antes de que me hiciera tomarle la mano para encaminarnos fuera de esa capilla, de regreso a la zona principal de la iglesia. Ahí solo se alcanzaban a ver unas cuantas personas en silencio entre las bancas. No había misa pero a unas calles de aquella iglesia se encontraba un hospital general, el mismo en el se hallaba papá.
Mientras seguía de la mano con mamá y era llevado al exterior sentí el retumbar de las campanas, la vibración bajó por las paredes y me cosquilleó la planta de los pies mientras sentía como el suelo se tornaba en arenas movedizas. No alcancé ver el momento en el que llegamos a las escaleras del exterior pues con cada tañido aquél recuerdo se fue deslavando hasta perderse.
«¿Por qué de pronto recordé eso?» me pregunté.
Traté de mirar de nuevo hacia la figura de halo, aunque mis párpados luchaban por mantenerse abiertos. El sonido de las campanas se entremezclaba con unas palabras que no lograba entender.
Después de unos momentos, dejé de resistirme y cerré los ojos. Al instante pude distinguir la voz.
—Miguel, Miguel, ¡Miguel!
Pegué un brinco que casi me saca de mi asiento. Los rayos del sol y la luz de las bombillas ardieron en mis retinas.
Uno a uno, mis sentidos se fueron reconectando. Con ellos vino el dolor articular y los músculos acalambrados. Me enderecé hasta pude enfocar la figura menuda frente a mí.
—Roncas mucho —oí decir.
Rafael sacó su mochila de debajo de su asiento, por una fracción de segundo su cabeza y hombros se perdieron entre las sombras, el recuerdo de la densa oscuridad que me seguía a mis espaldas me provocó un escalofrío.
—Mamá se adelantó, dijo que intentaría llamar a tía Susana —explicó luego de levantarse.
Afuera, en la estación, alcancé a distinguir la inconfundible coleta de cabello castaño de mamá. Parecía estar hablando con una mujer que se hallaba de espaldas la cual vestía de una forma peculiar, ropa negra, voluminosa que parecía una mezcla entre un habito de monja y un vestido elegante, aunque por la distancia y la modorra no podía estar seguro. Igual y a lo mejor había un convento en las cercanías.
—El tren se va a ir con nosotros si no nos damos prisa —me apresuró Rafa, ya con su cubrebocas y bufanda puestos.
Tomé mi mochila y las últimas dos maletas de la canaleta sobre los asientos.
Al revisar mi celular me percaté de que no tenía señal.
El vagón aun mantenía las luces apagadas. Había dos líneas de foquitos recorriendo los costados del pasillo dando una iluminación el suelo del pasillo de forma sutil. Por un instante me transporté cientos de kilómetros atrás, a mi aburrido trabajo en el cine. Casi pude oler el aroma grasoso de las palomitas y el perfume artificial del limpiador con aroma a “fresco amanecer”. Por unos segundos, los asientos del vagón se transformaron en butacas y los pasajeros en espectadores que veían otra pésima película de superhéroes. Me estremecí de nervios.
Al fondo del vagón en una esquina superior colgaba un televisor que transmitía una pésima señal de noticiero, el volumen estaba silenciado, pero se lograba ver que los presentadores anunciaban alguna novedad sobre las guerras de occidente, por lo que alcancé a leer en el cintillo informativo le preguntaban a algún político si Aztlán aun se mantendría neutro ante el conflicto.
Mi hermano y yo parecíamos ser los únicos despiertos, además del auxiliar del tren que nos esperaba frente a la estrecha puerta de salida, la misma que ayer casi rompe mi mochila al atorarse una correa.
El hombre nos saludó con un gesto de cabeza, sujetando la visera de su gorra. Algo brilló al frente: un pin metálico dorado con una letra M, no se parecía en nada al logo de la compañía ferroviaria, y también su ropa resultaba demasiado elegante a como la recordaba.
—Buen día, jóvenes —saludó el hombre.
Se coló un viento helado apenas abrió la puerta. Me acomodé la gorra de la chaqueta y ajusté la bufanda de Rafa. A pesar de que intentó aguantarse no tardó en empezar a carraspear.
—¿Por qué sigues cargando esta horrible bufanda si tienes otras más gruesas?
—Era de papá. Me gusta.
Una tenue punzada apareció en mi pecho.
—Aun así, eso no le quita lo fea.
Empujé la cabeza de mi hermano para hacerlo avanzar por la puerta, y él me dio un manotazo.
—Mucho cuidado, angelitos —escuché decir al auxiliar al bajar los escalones.
Volteé extrañado por sus palabras, pero la puerta ya se había cerrado, alcancé a ver una sonrisa extraña en su rostro. La figura del hombre se perdió entre la penumbra del vagón.
El aire afuera cortaba la piel como finas navajas.
Aún me hallaba entre el sueño y la vigilia. Me tallé los ojos quitándome las lagañas.
Rafa corrió con mamá para colgarse de uno de sus brazos. La mujer de antes, la de ropas negras y velo en su cabeza ya no se veía por ningún lado.
Fui llevando las maletas al único carrito visible en la terminal. Una de las ruedas ni siquiera giraba y rechinaba a tal punto que el ruido terminó por desapendejarme.
—Vaya sitio de mierda —susurré después de probar el café frío de una maquina expendedora.
Mi madre apareció al poco tiempo, cargando su bolso lleno de papeles. Tenía ojeras profundas y marcas en la mejilla de cuando estuvo dormida en su asiento.
Sacó unas monedas mientras se acercaba a la máquina de café.
—Ni te molestes —le advertí—. Sabe del asco.
—No me digas eso —su fastidio se notaba en cada línea de expresión—. Casi grité cuando me dijeron que solo tenían descafeinado en el tren.
—¿Pudiste contactar a tía Susana? —pregunté después de tirar lo que restaba de café en una maceta vacía.
—Si —suspiró mientras rebuscaba en su bolso—, aunque el teléfono publico casi me revienta el tímpano con su horrible señal. Dijo que va a llegar alguien a recogernos.
—Tengo hambre —Rafa se puso entre los dos.
—Lo sé, cariño, yo también. Solo déjame encontrar dónde anoté la dirección de tu tía.
—¿Dónde están todos? —pregunté girando a mi alrededor.
La estación era pequeña, apenas una taquilla y una sala de espera, ambas cerradas y vacías. El suelo incluso se veía que no había sido barrido en un buen tiempo, se alcanzaba a percibir un curioso olor en el aire que provocaba algo de picor en mi nariz.
—No lo se, posiblemente en el festival —respondió mamá.
—¿Festival? —cuestioné frunciendo el ceño.
—Al parecer mi hermana olvidó mencionar acerca de algo que se está celebrando estos días en el pueblo —empezamos a caminar hacia la salida.
—¿De qué?
Se encogió de hombros.
—Ya le preguntaremos.
Volví a arquear la ceja.
—No nos quedaremos en la casona, ¿verdad?
Negó con la cabeza.
—Nos hospedaremos en la casa de tu tía —dio un largo suspiro antes de continuar—. Aun no estoy lista para ver a mamá, y creo que menos soportaría dormir en el mismo techo que ella.


