Capítulo 5 - Pirita

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5 - Pirita

 

Calle Pirita.

Es lo que se leía en una placa metálica atornillada en la esquina de un edificio.

El raro taxista y su cacharro se perdieron de vista después de dejarnos en otro extremo de Zan Mar Tyn. Recordaba más pequeño al pueblo, aunque cuando vine apenas y tenía la edad de mi hermano y él aun estaba en el vientre de mamá.

Fue fácil identificar dónde terminaba el viejo Zan Mar Tyn y comenzaba el nuevo, no solo por la arquitectura sino también por las calles. En la zona en la que estábamos había asfalto y no piedras o adoquines.

Después de las últimas casas, la calle se extendía unos cuantos metros antes de difuminarse con el desierto. Aquí no se escuchaba música ni cánticos, solo el silbido solitario del viento. Además, el puñetero polvo abundaba por acá.

Una vez terminé de ayudar a mamá con las maletas, dejándolas seguras a un lado de la banqueta me dirigí hacia el monte a donde había ido mi hermano. El color verde de su chaqueta resaltaba entre los matorrales.

Unas calles después de haber dejado atrás el desfile, Rafa salió con la novedad de que quería orinar, no dejó de dar brinquitos en su asiento a pesar de los regaños de mamá sobre que debió ir cuando aun estábamos en la estación. “No tenía ganas”, fue su respuesta.

El ruido de mis pisadas lo alertó, miró sobre su hombro y me frunció el ceño.

—¿Ya? —pregunté.

—Si me apuras voy a tardar más.

—Ya te tardaste.

—¡Migue!

—Ok, ok —evanté ambas manos y di media vuelta.

De forma inconsciente revisé la pantalla de mi celular aunque sabía que no encendería.

Con una mano me cubrí para mirar el cielo, las únicas nubes que surcaban parecían hebras de lana deshilachadas. La luz del sol se reflejaba en el suelo, y por momentos daba la impresión de que había espejos en el horizonte. Fui un pendejo al olvidar mis lentes de sol en casa.

¿Ocho, nueve, diez de la mañana…? No tenía idea de cómo le hacían en el pasado para saber la hora con el sol sin terminar ciegos.

Regresé y vi a mamá caminando de un lado a otro, sin dejar de mirar su libretita, repitiendo “117 C” en voz baja. Era el número que le había dado tía Susana, el cual se suponía debía estar en el edificio.

Eran raras las construcciones de más de dos pisos en Zan Mar Tyn, lo más alto que había era la iglesia en el centro, con su campanario de tres niveles. Miré al edificio frente a mí, de tres pisos, destacaba no solo por su tamaño sino también por su diseño simplista, demasiado similar a los departamentos que se veían en Palenque. Habían tres puertas en su fachada, pero ninguna sin numero, no había manera de saber cual pertenecía al número que había dado tía Susana.

Después de un rato de dar vueltas, mamá se sentó en la banqueta, rendida.

—¿Segura que esta es la dirección? —pregunté, asomándome por una de las ventanas.

No logré ver mucho, las ventanas estaban cubiertas por gruesas cortinas, salvo por la que me asomé que estaba entreabierta. Se alcanzaba a divisar parte de un comedor vacío y una pintura de un ángel el cual tenía un demonio a sus pies y una espada en la mano, una imagen muy popular entre creyentes pero yo no sabía quien era.

—Obvio que no estoy segura —respondió mamá—, pero tampoco tenía ganas de hacerle más preguntas a nuestro agradable taxista.

—Vaya loco —hice una mueca de asco al recordar el horrible olor—. Y qué puta pestilencia.

Rafa al fin volvió, aunque en medio de un ataque de tos. De su cubrebocas en mano escurrían espesos mocos marrones. En menos de cinco zancadas, mamá ya se encontraba a su lado.

—Te dije que no te quitaras la bufanda —lo regañó, limpiándole la cara antes de ponerle una mascarilla nueva.

—No me deja respirar —respondió con voz flemosa.

—Lo sé, pero tienes que usarla.

—¿Cuándo va a llegar mi tía? —preguntó, con tono de niño harto.

—Seguro no ha de tardar.

Lo obligó a sentarse junto a ella en la banqueta.

Volví a revisar las ventanas. Nada nuevo. El comedor vacío. La pintura. La misma escena.

—¿Tocaste? —pregunté tras observar la fachada.

—Hay tres puertas, Miguel.

—Si no me lo dices no me doy cuenta —resoplé—. ¿No dijiste que aquí todos se conocen?

Me percaté de una ventana abierta en el tercer piso con unas cortinas que ondeaban al viento, no recordaba si había estado abierta hace unos minutos.

—Al diablo, ya me cansé de esperar —exclamé—. Quien sea que responda podrá ayudarnos.

Me acerqué a una puerta con el puño alzado, esta se abrió de golpe justo antes de que mis nudillos hicieran contacto con la madera.

—¡Madeline! ¡Migue! Sabía que reconocía esas voces.

Había aparecido una mujer sonriente bajo el umbral. Mamá, con el rostro iluminado, se levantó de un salto.

—¡Susan! —la abrazó con fuerza—. Empezaba a creer que el taxista nos había dejado en una dirección equivocada.

—¿Qué? —Las cejas de tía Susana se arquearon. Tenía más líneas de expresión que mamá a pesar de ser menor que ella —. ¿Por qué no gritaron o me echaron un grito?, no hay nadie en los otros departamentos.

Susana Salazar, la hermana menor de mamá, la única de la familia con la que realmente mantenía contacto, en especial por teléfono. La había visto en contadas ocasiones, la última vez nos visitó en Palenque, poco después de lo que ocurrió con papá, casi no había cambiado desde entonces. Su largo cabello oscuro se veía con menos color, pero igual lo conservaba sujetado en una trenza que le llegaba hasta la cintura, y sus rasgos se veían más marcados por la edad.

Había escuchado que la gente de pueblo envejece más lento que en la ciudad, aunque al vivir con un clima tan seco debería ser normal que la piel se maltrate y te haga aparentar más edad.

Los ojos café tostado y la nariz afilada eran rasgos distintivos de los Salazar, características que por capricho genético me fueron omitidas, en su lugar los sustituyeron unos ojos almendrados y una nariz más redonda, como mi papá. Por su parte, mi hermano tenía todo el paquete genético de un Salazar. 

Tía Susana vestía como la recordaba: camisa, suéter y falda larga, acompañado con zapatos bajos. Todo en tonos oscuros y neutros.

Me saludó con un abrazo, en cuanto sus brazos me rodearon sentí un aroma floral tan intenso que comenzó a picarme la nariz.

Se me hizo raro. Según mamá los abuelos eran tan estrictos que ni siquiera el perfume lo permitían, en especial en las mujeres, más que nada porque el abuelo no lo soportaba y decía que: “ese tipo de fragancias son para mujerzuelas”.

Mamá no pareció notar el perfume, aunque de seguro ya para la edad y momento de la vida de Susana debería ser normal que use algo que en su juventud no se le permitió.

Seguí tosiendo. Me soné la nariz varias veces con un pañuelo que le quité a Rafa.

—Mira nada más, ¿cuánto has crecido, Rafa? —exclamó tía Susana, agachándose.

—Hola, tía —saludó Rafa, con la voz amortiguada por la bufanda y cubrebocas.

—Déjame verte bien, todavía usabas pañales la última vez que te vi en persona.

Mamá detuvo a su hermana. Una sola mirada bastó para que entendiera el error que estuvo por hacer.

—Cierto, cierto —dijo sacudiéndose la ropa—. Qué insensible de mi parte, de seguro estan agotados.

—Y hambrientos —agregué.

—Por supuesto, pasen, suban. Les cociné algo. ¿Quieren café?

—No tienes idea cuanto —respondió mamá.

La puerta daba a unas escaleras en penumbra que subían hasta la ultima planta. Ya arriba me di cuenta de cuan amplio era el departamento aunque me sorprendió lo simple de su diseño, uno que recordaba a los departamentos genéricos en la capital, muy alejado de las construcciones en adobe de Zan Mar Tyn. A pesar de su arquitectura contemporánea, la decoración era anticuada: muebles viejos, adornos que parecían sacados de algún bazar. Eso sí, resultaba más acogedor que a como recordaba la vieja casona, con sus interiores fríos y la peste de las caballerizas que se colaba por todas partes.

En el fondo, una música extraña rebotaba por las paredes. Tenía el volumen bajo, pero aun así no tardó en hacer eco en mi cabeza. La melodía escapaba de una vieja radio-consola de madera, de esas que parecían muebles enteros. Me tomó unos segundos identificar que se trataba de la misma alabanza que cantaban los del desfile.

Soy capaz de oír el ruido de sus alas, 

aleteos que anuncian el momento de su llegada. 

Confía hermano, casi es hora 

la hora de abrir las puertas del edén.

Logré entender lo que decía esa otra estrofa antes de que comenzara un puente musical de coros femeninos.

Mamá y Rafa ya estaban sentados en la mesa mientras yo terminaba de acomodar las maletas. El aroma de tortillas y guiso de ternera era tan intenso que de seguro el ruido de mis tripas se podía escuchar por todos lados.

La música seguía, interrumpida de vez en cuando un locutor que no llegaba a entender lo que decía, pero que me hizo sospechar Zan Mar Tyn o San Argente, el pueblo vecino, se habían logrado de una estación de radio local, o de alguien que cubría los eventos del dichoso festival.

Esta devoción religiosa me recordaba a la afición por el fútbol que se veía en la capital. Los noches de partido la gente se volvía loca. A veces, hasta hacían desfiles de victoria. Me gustaba ver partidos, jugar alguna cascarita con amigos, pero no creía llegar a ser tan básico como para llorar y pelear porque perdió mi equipo favorito.

Volviendo al tema. A veces olvidaba que el fanatismo podía estar en todas partes. Unos idolatran celebridades que ni saben que existe uno, mientras que otros idolatraban a figuras divinas que ni siquiera saben si existen.

Devoré mi plato en segundos, incluso llegué a repetir otra porción junto con mamá. Ella y Susana siguieron conversando con café en mano, poniéndose al tanto de lo que no podían hablar en sus conversaciones por teléfono que tenían cada tanto.

 

Al salir de bañarse Rafa nos confirmó que teníamos agua caliente, al menos eso haría que la estadía fuera menos sufrible.

Llevé su vaporizador al cuarto que compartiría con mamá. Al momento de encenderlo el aire se llenó de ese olor húmedo, acre y medicinal, envolviendo la habitación con una sutil neblina. Una parte de mí se había empezado a acostumbrar al ambiente seco del pueblo. Volver a percibir la fragancia del humidificador me transportó de nuevo a la casa en Palenque, causándome cierto nivel de pesadez.

Suspiré al ver que Rafa se había quedado dormido. Desde que salió del baño no paraba de fastidiar con que quería visitar la explanada y ver de nuevo a los chicos disfrazados. No entendía de dónde le había salido tanta emoción por un estúpido desfile, aunque de seguro yo fui igual de impresionable a mis doce.

Casi me estampo con tía Susana cuando salí del cuarto. Me congelé cuando estaba por disculparme. Sus ojos se veían tan dilatados que casi no distinguía el café bajo sus pupila las cuales parecían profundos pozos negros y húmedos.

El sueño que tuve en el tren volvió de golpe, el abismo sobre mi cabeza y el temor de caer en él. Los cortos segundos que pasé observando los ojos de mi tía me hicieron sentir lo mismo, que al más mínimo tropiezo podría caer a esas fosas negras.

Cuando logré apartar mirada noté la picazón de mi nariz. Ahí estaba de nuevo ese perfume.

Me alejé tallándome la cara para intentar espantar un estornudo. El olor del vaporizador de pronto ya no me pareció tan desagradable.

—Perdón tía, no me di cuenta de que estaba aquí afuera —me excusé.

—Descuida.

Me asomé al cuarto para confirmar que Rafa siguiera dormido y cerré la puerta. Casi pego otro brinco al ver que tía Susana seguía en su mismo lugar sin moverse.

Sus ojos aun se veían enormes. Tenía esa expresión que solo había visto en alguien muy drogado: mirada dilatada, ida. Como alguien que está hasta el tope de piedra…

«Tal vez solo bebió demasiado café» pensé. La idea de mi tía drogada era algo demasiado ridículo.

De pronto sentí el barrer de su mirada, de arriba a abajo, como si me analizara. Sus ojos brillaban más que su sonrisa. Me sentí vulnerable.

—¿Tía?

—¿Sí? —respondió tras unos segundos incómodos.

—Rafael está dormido —solté lo primero que se me ocurrió—. Y creo que yo también dormiré después de ducharme.

Apenas terminé de hablar ya me había bloqueado el paso.

—No puedes.

Alcé las cejas, confundido.

—Perdona, quise decir, tú mamá está en la ducha —se corrigió, jugueteando con la cola de su trenza—. De hecho, me pidió que le llevara un cambio de ropa.

Señaló hacia la puerta que acababa de cerrar.

Su movimiento fue breve, pero noté algo, unas virutas en sus yemas, como de harina. Aunque supuse que de seguro fue por las tortillas.

Después de un momento de silencio incómodo, me aparté de la puerta.

—Supongo que desempacaré mientras mamá termina.

—Claro —dijo, aún observándome de forma minuciosa—. Más tarde iremos a visitar la casona. Ya sabes, para que saluden a tus tíos y a tú abuela. Después daremos una vuelta por el festival. Tu hermano parecía muy entusiasmado con la idea. Así que descansa bien, nos espera un largo día.

—Gracias, tía… pero creo que por hoy pasaré. Todavía ayer tuve que doblar turnos para que me autorizaran las vacaciones. Solo quiero dormir hasta que ya no pueda más, si no es mucho problema —sugerí.

La sonrisa de tía Susana tembló. Por un instante sus labios se fruncieron en una delgada línea. Pero en seguida, volvió a sonreír de forma amplia.

—Por supuesto. Trataré de que no hagamos ruido al salir.

Con delicadeza, entró a la alcoba de mamá y Rafa. Yo di media vuelta y me fui a la otra habitación libre que habían dejado para mi.

Al pasar por el comedor escuché de nuevo la canción de la radio y logré entender otra estrofa.

No sé si el cielo mismo fue el que descendió, 

no sé si sea acaso un mensaje de Dios, 

lo que sí estoy seguro es que la tierra de ángeles se ha llenado, 

tal vez anunciando que el momento es hoy.

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