1 - Alejandría
El collar de obediencia emitió su característico pitido electrónico: una alerta suave pero insistente anunciando que el tiempo de su chequeo médico y alimentación había llegado. Pero ni eso, ni el eco de las pisadas y murmullos que se colaban desde el exterior de la pequeña sala, fueron suficientes para despertar al chico adormilado en su interior.
Debía de tratarse de la biblioteca más ruidosa del mundo. Si Hipatia reviviera en esta era, lo más probable es que gritaría de horror al ver semejante caos. Y aun así, la biblioteca del Claustro no tenía nada que envidiarle a la extinta Alejandría: desde sus columnas flamígeras y techos góticos abovedados, hasta su colección vasta, tan desordenada como infinita.
Sobre una mesa de madera pulida dormía un joven de cabello oscuro y despeinado, cejas gruesas y expresión plácida. No estaba allí para estudiar ni para consultar nada. Los acordes de guitarra que escapaban de sus audífonos y los suaves ronquidos que se colaban por sus labios entreabiertos hablaban por sí solos.
Su cabeza descansaba sobre sus antebrazos. Su suéter oscuro se le subía arrugado, dejando al descubierto una camisa interior y parte de su piel pálida de la espalda baja. Un par de tenis gastados reposaban tirados junto a la mesa, y bajo su silla se asomaban unos pies descalzos, más pálidos que su espalda y rostro. Alrededor de su cuello se alcanzaba a distinguir una gargantilla metálica que desentonaba con su estética informal: su collar de obediencia, ese artefacto que distinguía y diferenciaba de entre los demás miembros de La Cofradía.
La puerta se abrió con un rechinido seguido del repiqueteo de unos tacones sobre el suelo marmoleado. Aun así, el chico no reaccionó hasta que un par de libros y legajos cayeron con fuerza sobre la mesa.
Se despertó y bostezo como un gato, con menos sorpresa de la esperada.
—Obviamente estabas aquí —dijo la chica con fastidio, acomodando un mechón de su cabello castaño rizado tras su oreja.
—Buen día, Charlz —murmuró el joven, quitándose los audífonos mientras se frotaba sus ojos celestes.
—¿Buen día? Son casi las cinco de la tarde, Ludovic. ¿Cuánto tiempo llevas dormido?
—¿Las cinco? —repitió incrédulo, echando otro bostezo mientras revisaba la pantalla de su celular—. No sé… vine para acá después de que me aburrí redactando informes.
—Eso fue a las ocho de la mañana —dijo ella, con un tono más afirmativo que inquisitivo.
—Supongo…
Ludo se estiró hasta alcanzar una de las carpetas sobre la mesa. Hojeó los documentos con desinterés, y se colocó uno de los auriculares de forma que dejó una oreja libre, luciendo en ella una arracada plateada.
—Es increíble que no estés sordo por dormir con esas y a ese volumen.
—Sabes lo buena que es mi audición —afirmó.
De otra carpeta sacó una serie de fotografías, algunas nuevas y otras que parecían tener sus años.
—¿Caso nuevo para Avistamientos? —preguntó, intentando contener un nuevo bostezo.
Charlotte asintió sentándose frente a él. Acomodó el resto de los documentos en el espacio entre ambos.
—Lo sabrías si te hubieras presentado a la reunión del mediodía.
—Sí, bueno —resopló una pequeña risa—, se me olvidó, lo bueno es que ya estas aquí para que me des un resumen.
Charlz le lanzó una mirada fulminante.
—Y por eso es que sigues en avistamientos a pesar de tantos años.
—Esa no es la razón, lo sabes —respondió con una sonrisa cansada—. Además, cambiar de círculo significaría más trabajo y menos siestas.
Charlotte dejó sobre la mesa una impresión a escala de mapa satelital. Ludo lo observó con renovado interés.
—¿Aztlán? Nunca he estado ahí, aunque he oído que tiene lugares increíbles.
—Ni te emociones. A donde vamos es una zona minera en medio de la nada —dijo ella, levantándose mientras recogía los libros que había traído, algunos se alcanzaba a ver que eran en ruso. Se lograba notar un sutil acento en su voz.
Las cejas de Ludovic se arquearon de incredulidad.
—¿Ya de ya?
—Aún no tenemos fecha de salida —respondió Charlz desde la puerta—. NovaTec y su equipo aún no terminan de dar mantenimiento a Los Caminos.
El rostro de joven se iluminó.
—¿Entonces nos mandarán en avión?
Charlotte dejó escapar una risa breve, casi imperceptible, que intentó ocultar tras unos ojos torcidos.
—Sigue soñando. Monad nos avisarán cuando llegue el momento de partir. —detuvo su andar antes de llegar a la puerta— Por cierto, recuerda entregar tus alijos en la armería para el mantenimiento previo. Mis armas quedaron hechas mierda después de lo del crucero —agregó, antes de salir y cerrar la puerta tras de sí.
El cuarto volvió a su relativo silencio, apenas interrumpido por los ecos lejanos de la biblioteca.
En el techo, el rumor eléctrico del candelabro recordaba al sonido de un engorroso abejorro hipnotizado por la luz artificial.
Ludo observó los documentos sobre la mesa por unos segundos más, luego se acomodó los audífonos y a subió de nuevo el volumen. Volvió a recostarse sobre sus antebrazos, en la misma posición de antes.
Apenas pasaron un un par de minutos antes de que sus suaves ronquidos volvieran a escucharse.


